Micelia

El aire fresco roza mi piel encendiendo el color de mis mejillas. Este frío es un viejo conocido y revolotea en cada una de mis terminaciones nerviosas provocándome un escalofrío de placer. En este instante, lleno mis pulmones de aire y felicidad. Respiro profundamente y al exhalar, un nuevo estímulo viaja hasta el cerebro como si de un rayo se tratara. Olor a tierra, a tomillo, a hogar, a familia y por último olor a vida y a recuerdos. Otra oleada de endorfinas sacude mi cuerpo y me hace sonreír. Que bien me siento aquí, en la tierra de mi niñez, donde siempre quiero volver.

Miro a mi alrededor, algunos restos de lo que en su día fue un refugio de pastores, el camino por el que he venido y los campos sembrados de cereal, esas son las huellas humanas que hemos dejado aquí. Me giro sobre mí misma y observo todo como si fuera la primera vez. Hasta donde alcanza mi mirada, solo veo campos creciendo, monte de encinas y estepa. Aquí la ciudad es solo un recuerdo, ni su eco llega hasta este rincón.

 

Solo escucho el viento y el canto de una alondra a lo lejos. Empiezo a caminar. Las ramas y las hojas secas crujen bajo el peso de mi cuerpo alertando a los moradores de esta tierra de mi presencia, soy una intrusa. Quizás si pudiera moverme con el sigilo de un gato montés podría ver a los seres que se esconden entre las plantas y las piedras. Me tendré que conformar con estar atenta y ver pequeños rastros de la magia que dejan a su paso.

Un rayo de sol se cuela entre las ramas de una vieja encina, iluminando unas pequeñas flores recién nacidas, las primeras de esta primavera temprana. Me pregunto si el sol y las flores se habrían citado el año pasado para charlar justamente hoy o si será un encuentro fortuito. Quizás el sol, siempre cortés, les esté dando la bienvenida. Que suerte ser testigo de tan lindo encuentro. Las flores le estarán contando cómo han pasado el invierno escondidas bajo tierra, calentitas en su saco de dormir; y el sol, les estará contando sus vacaciones de invierno. El sol es cariñoso y las acaricia con su luz, ellas parecen disfrutar de la compañía. Sigo mi camino, que es de mala educación escuchar conversaciones ajenas.

Me concentro en mi propósito del día, he venido a buscar un tesoro. Tengo las indicaciones ,que una mujer muy sabia compartió conmigo junto al fuego, para poder encontrarlo. Según decía su cuento, el tesoro está tejido en luz de luna y vida por la bruja del bosque, permanece oculto bajo tierra por un encantamiento y solo en días especiales brota a la superficie. Hoy es uno de esos días.

Apenas transcurren unos minutos de caminata y con ayuda del sol veo algo brillando entre unas hierbas, pero es solo una piedra. Camino un poco más repasando en mi cabeza todos los detalles de aquel cuento.

Una liebre sale corriendo de unos matorrales, siento haberla asustado. La sigo con la mirada, al mirar en esa dirección me invade la emoción, ese brillo es inconfundible. Me agacho con mi navaja y cojo cuidadosamente este primer trocito de plata y vida y lo coloco en mi cesta, cuidando de tapar la pequeña herida que he dejado en el suelo. Cerca veo dos más al lado de un cardo seco. Parece que he seguido bien las normas y la bruja del bosque ha dejado que encuentre el rastro de su magia.

Que suerte que mi madre, gran sabia, me enseñara a buscar setas, a ver lo que no se ve y a creer en la magia. Recuerdo aquella tarde de invierno junto a la chimenea comiendo castañas. Cierro los ojos y parece que estoy allí, escuchando su voz de contar cuentos: La magia está ahí fuera, en la naturaleza, solo tienes que salir y descubrirla.

Los hongos tejen redes miceliares que permanecen ocultas bajo tierra y nos enseñan su magia en forma de preciosas setas.

Hay personas que también hacen magia y tejen redes invisibles de amor que sostienen, cuidan y enseñan, haciendo magia con la cotidianeidad. La magia siempre deja rastro, pero hay que saber verlo, a veces, es algo tan sencillo como tu comida favorita.

Mi niñez y la tierra donde me crie me han servido de inspiración para este relato y las joyas que me inspira. Un trocito de «Mi» Soria, sus paisajes, los buenos ratos buscando setas y su olor a tomillo y chimenea.

Este es el origen de la colección Micelia…

…que nos recuerda, que si hay vida, hay magia.

Solo hay que saber ver su rastro.

Piezas modeladas en cera y después llevadas a fundición donde se transforman en pequeños pedacitos de plata y vida. Acabadas a mano una a una con sus detalles diferentes que solo se consiguen con un trabajo artesanal. Llevalas para recordar que si hay vida hay magia o regálaselas a esa persona especial que merece un regalo especial. Todas las joya se envían con su cuento.

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